El corre corre por las mañanas es parte de mi rutina. No porque me sea difícil levantarme, sino mas bien porque después que me despierto me fascina aprovechar cada minuto en la cama, ya sea leyendo, escuchando las noticias, o si estoy de suerte; conversando con mi esposo. Lo cierto es que me quedo con el tiempo exacto para bañarme y vestirme a una velocidad supersónica.
Aquella mañana no fue diferente. Acostumbrada a salir apurada, agarre mi maleta de trabajo y me dispuse a salir de la casa al carro. Mientras iba con rapidez, observe a alguien caminando por la pequeña acera que conduce al parqueadero. Como pude lo rebase y continue mi camino. El tiempo era exacto para llegar al trabajo y no podia permitirme perder un solo segundo.
De pronto, como un relámpago que cae de repente anunciando la tormenta, mi mente regreso a poner los pies sobre la tierra. La preocupación de llegar a tiempo al trabajo me había desconectado de la realidad. Quien es esa persona que rebase? ....pensé al instante. Los recuerdos de esa noche en la que mis hijos me conversaron del "vecino", vinieron a mi mente. Si es él, me dije a mi misma, mientras volteaba la mirada para regresarlo a ver. Fue tan fácil identificarlo. Como no reconocer a alguien que mis hijos lo describieron como "la persona que se demora en caminar" si yo lo rebase, me subí al carro y el no había avanzado ni siquiera la distancia de unos cinco pasos. Era el vecino que dejo desde el primer instante impresionados a mis hijos, por su valentía de vivir diariamente luchando en contra de su condición.
Indecisa, y titubeante me regrese a saludarlo. Buenos días, repliqué, mientras el subía su mirada que la tenía imprentada al suelo cuando caminaba. El cuerpo encorvado de tanto sostenerse de un caminador era una segunda descripción en su persona. El dolor que sentía al caminar había dejado huella en su rostro que se notaba cansado del esfuerzo. Sin embargo, el no permitió que eso impida el demostrar quien era. Un hombre luchador con muchas ganas de vivir. Me respondió al saludo, con una sonrisa indescriptible. Fue ahí cuando aprendí mi primera lección con el vecino. Fui ahí cuando el me enseño que los embates de la vida no tienen el derecho de quitarnos la sonrisa, ni mucho menos de mirar a nuestro alrededor con apatía. En ese instante una vez más su sonrisa me dio el impulso para dejar a un lado las quejas y mirar la vida con optimismo. El vecino me enseño que lo importante no son las cargas y los problemas que la vida te presenta, sino más bien la entereza con la que uno se enfrenta a ellos para seguir mirando este mundo con una sonrisa. Estoy más que segura que Dios se complace con esa actitud, que es una manera más de ser agradecidos con El por habernos dado el privilegio de haber venido a disfrutar de este mundo.
Cada día tenemos dos opciones, la una quejarnos y esperar compasión de los demás, o la otra, el sonreírle a la vida independientemente de nuestra situación. Aquel vecino, que vivía con dolor constante debido a su enfermedad, que se le hacía difícil caminar y se demoraba una eternidad en salir al carro, había decidido ser un hombre trabajador, independiente y luchador que escogió mirar la vida con una sonrisa. Lejos estaba de darse cuenta que su actitud había bendecido mi vida.
Querido lector, te dejo con esta enseñanza. La próxima vez que los problemas te inunden, no te dejes arruinar por ellos. Sonríe, quizás sin darte cuenta, estas bendiciendo a alguien más.
No está por demás mencionar que me subí al carro por segunda vez, y el vecino aún no llegaba a su carro que estaba a la par del mío...........continuara
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